sábado, 8 de diciembre de 2007

El dibujo que mi lápiz trazo


El dibujo que mi lápiz trazo,
Mientras mis labios emitían mi razón de ser.
Ahí se quedó, en mis mallas de nylon.
No se borró, el agua no lo desapreció.
El césped estaba húmedo,
Estabas a un lado de mí.
Relaciono tanto el pasto contigo,
Pues siempre que te veía estaba presente.
Tú no quisiste dibujar en mi pierna.
Respondiste que no lo hacías.
Mientras no tuvieses algo que dibujar.
Aunque era de noche y estaba oscuro,
Todo se nubló y la tormenta cayó.
Un vómito incesante de palabras me invadió.
Te lo dije, se bañé de todo lo que sucedió.
Te caíste del pedestal de oro,
Tiraste mis ilusiones,
El bote de basura quedó lleno.
El lápiz se quedó.
Tal vez un día de estos lo vaya a buscar,
Lo extraño.

Para mí

Hace ya bastante tiempo, que me guardo esto para mí. No sé cómo manipular esta situación que se ha escapado de las manos. Nunca me había sentido de esta manera, aunque bien supongo que es normal, ya que para todo hay una primera vez. Una primera vez en que alguien a quien he querido tanto me rechaza de manera tan soberbia. Tampoco sé si se deba a los prejuicios que esta persona tenga, la verdad no sé y podría pasar una vida tratando de entender porque, porque sucedió esto en mi, porqué me siento de esta manera. Cómo si esperara algo que yo sé que nunca llegará. Cómo si esperara a que me llamarás o mandaras un pequeño mensaje por la computadora, haciéndome saber que sigues vivo. Me gustaba sentir esa ansiedad de si me buscarías o no, claro que la mayoría de las veces no lo hiciste. No sé en que tenía concentrada mi mente, no sé porque te idealicé tanto. Aunque me dejaste más que claras las circunstancias en muy pocas palabras.

Mi auto-motivación

A veces, me da miedo escribir. Me parece triste que no lo haga a menos que me lo pidan. Creo, hoy mi auto-motivación me dijo: “Soy tu auto-motivación y te ordeno que escribas”. Empero, normalmente sí escribo, escribo en mi mente. Sería genial si estuviésemos equipados con una maquinita de encendido y apagado, que grabara nuestras palabras mentales. Suena raro pero lo hago bastante a menudo. Quizá es la pereza la culpable. Decía yo que me da miedo escribir ya que haciéndolo puedo descubrir nuevas cosas. Sí, no soy como todos ustedes ansiosos de descubrir nuevas cosas. Digo me encanta aprender nuevas cosas, descubrir nuevos colores, olores, sentimientos, pero cuando llegas a materia de tu persona, es diferente. No sé ni porqué estoy compartiendo esto con ustedes, realmente no me importa lo que piensen en lo absoluto. Lo anterior pareciera que lo escribo en una manera ofensiva o que estoy amargada o algo por el estilo, mas no es así; solamente estoy siendo sincera. Pareciera que estoy cansada la mayor parte del tiempo, no lo sé porqué, quizá me gusta sentirme de esa manera. Cansada de creer cosas, ansiosa por estar con él. Anoche, y digo anoche porque aunque no lo parecía, eran ya casi las diez de la noche. Recuerdo que tiempo atrás, era toda correcta, y a esas horas ya debía de estar por ahí del octavo sueño. No había sol, pero parecía aún más iluminado que un domingo en la mañana. Todo estaba oscuro pero había mucha luz. Entré; todo afuera estaba caliente pero adentro frío. Lo raro es que cuando salí, estaba todo invertido. Entonces pensé otra vez lo poderosa que era la mente, y en las desventajas vivir sobre el nivel del mar. En fin, entré, todo estaba igual, las cosas seguían ahí. Pero él no estaba, no me sentía ansiosa, bueno un poco, más bien como cazadora. De un de repente, me pareció escuchar un “splash”, y entonces eran las dos o tres de la tarde, era Lunes. Solamente quería que te tiraras, quería abrazarte hasta sofocarte, antes de que te fueras. Un aplauso. Todo seguía igual, creo eso fue algo mejor conocido como soñar despierto. Yo seguía ahí, No se oía nada y mi cabello volaba. Me gustaba. A nadie le importaba si en ese momento yo decidía dejar de existir. Sería todo silencioso y bonito. Nadie se daba cuenta. Quiero decir, en ese momento. Pero me gustaba no oír nada y anhelar.

Todos tenemos una manera distinta de escapar

Todos tenemos una manera distinta de escapar. De huir de esas circunstancias que creemos no poder controlar. Indudablemente, cada forma es distinta, las razones también lo son. Bueno, al menos eso pensamos, pero todo se origina donde mismo. El sol sigue brillando igual, y sus rayos siguen reposando en las ramas de los árboles que el viento mueve al ritmo de una canción. A veces crees que todo está bien, pero dentro de ti sabes que algo parece estar roto o no anda bien desde hace bastante tiempo. Las cosas que tanto quieres, pero que no alcanzas. Todos los juguetes rotos que jamás reparaste. Qué decir sobre las canciones que nunca escribiste o los instrumentos que nunca aprendiste a tocar. Muchas veces, años no bastan, a veces necesitas dar la vida a cambio de eso que tanto deseas. Tratar de remendar eso que se rompió, olvidar, un poco de ayuda siempre es necesaria, sin embargo, tú eres él único que te puede salvar.

viernes, 7 de diciembre de 2007

El último día

Nunca pensé que volvería a usar la ropa de hace diez o más años de nuevo. Más aún, que me gustaría más que cuando me la compraron. Lo feo se vuelve bonito y lo bonito se volvió feo, no hay nada que me guste más que estar a la luz de esta ventana. Me costó algo de trabajo empezar a escribir, siempre lo pensaba, pero faltaba la parte más importante, la ejecución. Esperaba ese momento ideal. Esa sonrisa que me pareciese sincera, ese impulso. Hay un morete y un corazón verde en mi muslo derecho pero ya no estoy enferma, o tal vez sí, pero no de gripa. Extraño esa foto y también te extraño a ti. Ese día me sentía mal, no oía. Y no porque no quisiera, sino porque la enfermedad no me lo permitía. Intento cerrar los ojos y recordar todo igual y lo hago. Hay silencio, más silencio. Sólo te oyes tú, pero no dices nada. No sé cómo fue que caímos ahí, en verdad no lo sé, todo fue tan rápido. Lo último que sé es que hacía frío y tú me abrazaste, que te quería besar y me besaste. El cielo está morado y no hay nubes, el silencio aún, ese silencio. Los ruidos de algo en construcción, el caminar de las moléculas de tiempo. Lo único que podía ver era un hombre a mediados de sus veinte años. Estaba sobreexpuesto, yo era su contraluz. No decía nada y yo podía llenarme de ese momento. De aprovechar mi sordera y nada más oírlo a él. Era una sensación que aún no consigo poder describir. Me sentía demasiado somnolienta y sentía que mi vejiga iba a estallar, pero no importaba, en verdad no importaba, yo callaba. Hacía frío y calor al mismo tiempo, por fin. Por fin sentía la consistencia, esa consistencia que era tal y como la imaginaba. Mi cuerpo estaba débil y mi estómago dolía. Sabía que me tenía que ir, que tenía tanto que empacar, pero yo quería estar ahí, quedarme así por siempre. Sin embargo, estábamos ahí los dos, solos. Al fin, y siempre estuvo ahí ese lugar, ese recinto, siempre estuvo él y siempre estuve yo. ¡Ay, cuánto tiempo perdimos! Pero no, no es cierto no lo perdimos. Siempre estuvimos ahí. Ese alivio que sentía al ver esos ojos al escucharlo todo. Eso, eso no se compara con nada, en verdad. Éramos los dos, como manchas de colores entrelazadas y diluidas en agua. Estábamos ahí los dos, en verdad estábamos ahí, los dos. Y ambos los sabíamos, y era esa sensación que en realidad nunca había sentido. ¿Quién iba a decirlo? Yo no. ¿Alguien lo hubiera imaginado? Yo sí. Sentía la respiración. Esa imagen que nunca voy a olvidar, que aún siento dentro de mis ojos. Podía ver su cara, sus ojos entreabiertos, no sé que pensaba. El sol irradiaba, sus ojos lo estaban viendo. Yo, los veía a ellos. Y eran azules con unas pequeñas rayas amarillas alrededor de la pupila y ese iris que siempre veía, los lunes, miércoles y viernes a las 11 de la mañana. Su piel tenía un tono rosado y aún olía él a mí y yo a él, a consecuencia de haber pasado más de doce horas juntos. Sigue sin decir nada y yo tampoco lo hacía. Era casi la misma luz de ese sueño que tuve, en el cual estábamos juntos, también. Había hojas también, solamente faltaba un columpio. En un cerrar de ojos, nos hemos quedado dormidos, él primero que yo. Mi torso estaba torcido y los rayos del sol penetraban mi espalda baja. Las flores eran nuestra almohada, el pasto, nuestras sábanas. Esa cama era mucho más cómoda que cualquiera de las que he conocido. Columpio. Columpio, me gustan los columpios. Las cosas están destinadas, en verdad. Pero estábamos ahí, dormidos, en ese lugar que ha sido o fue un lugar muy importante en esa estancia. Me vio llorar, me vio saltar, gritar, besar, hacer fotos, caminar, acostarme, dormir, emocionarme, jugar, acariciar, abrazar, me vio amar. Era mi amigo, era un amigo en verdad. Una almohada cuando necesitaba descansar. Siempre veía tus ojos, veía algo en tus ojos, era algo, lo sé. Me decían cosas, me daban ánimos. Me hacías querer ser mejor, me salvabas. Cómo hay gente que ha escrito tanto, ¿de verdad sentían todo lo que escribían, así como lo siento yo ahora? No sé que es lo que pasa ahora. Pero sé que en verdad estábamos ahí los dos, esa mañana, con un café en las manos y muchas preguntas en la boca, tan de verdad como nunca lo había estado con nadie nunca.