Nunca pensé que volvería a usar la ropa de hace diez o más años de nuevo. Más aún, que me gustaría más que cuando me la compraron. Lo feo se vuelve bonito y lo bonito se volvió feo, no hay nada que me guste más que estar a la luz de esta ventana. Me costó algo de trabajo empezar a escribir, siempre lo pensaba, pero faltaba la parte más importante, la ejecución. Esperaba ese momento ideal. Esa sonrisa que me pareciese sincera, ese impulso. Hay un morete y un corazón verde en mi muslo derecho pero ya no estoy enferma, o tal vez sí, pero no de gripa. Extraño esa foto y también te extraño a ti. Ese día me sentía mal, no oía. Y no porque no quisiera, sino porque la enfermedad no me lo permitía. Intento cerrar los ojos y recordar todo igual y lo hago. Hay silencio, más silencio. Sólo te oyes tú, pero no dices nada. No sé cómo fue que caímos ahí, en verdad no lo sé, todo fue tan rápido. Lo último que sé es que hacía frío y tú me abrazaste, que te quería besar y me besaste. El cielo está morado y no hay nubes, el silencio aún, ese silencio. Los ruidos de algo en construcción, el caminar de las moléculas de tiempo. Lo único que podía ver era un hombre a mediados de sus veinte años. Estaba sobreexpuesto, yo era su contraluz. No decía nada y yo podía llenarme de ese momento. De aprovechar mi sordera y nada más oírlo a él. Era una sensación que aún no consigo poder describir. Me sentía demasiado somnolienta y sentía que mi vejiga iba a estallar, pero no importaba, en verdad no importaba, yo callaba. Hacía frío y calor al mismo tiempo, por fin. Por fin sentía la consistencia, esa consistencia que era tal y como la imaginaba. Mi cuerpo estaba débil y mi estómago dolía. Sabía que me tenía que ir, que tenía tanto que empacar, pero yo quería estar ahí, quedarme así por siempre. Sin embargo, estábamos ahí los dos, solos. Al fin, y siempre estuvo ahí ese lugar, ese recinto, siempre estuvo él y siempre estuve yo. ¡Ay, cuánto tiempo perdimos! Pero no, no es cierto no lo perdimos. Siempre estuvimos ahí. Ese alivio que sentía al ver esos ojos al escucharlo todo. Eso, eso no se compara con nada, en verdad. Éramos los dos, como manchas de colores entrelazadas y diluidas en agua. Estábamos ahí los dos, en verdad estábamos ahí, los dos. Y ambos los sabíamos, y era esa sensación que en realidad nunca había sentido. ¿Quién iba a decirlo? Yo no. ¿Alguien lo hubiera imaginado? Yo sí. Sentía la respiración. Esa imagen que nunca voy a olvidar, que aún siento dentro de mis ojos. Podía ver su cara, sus ojos entreabiertos, no sé que pensaba. El sol irradiaba, sus ojos lo estaban viendo. Yo, los veía a ellos. Y eran azules con unas pequeñas rayas amarillas alrededor de la pupila y ese iris que siempre veía, los lunes, miércoles y viernes a las 11 de la mañana. Su piel tenía un tono rosado y aún olía él a mí y yo a él, a consecuencia de haber pasado más de doce horas juntos. Sigue sin decir nada y yo tampoco lo hacía. Era casi la misma luz de ese sueño que tuve, en el cual estábamos juntos, también. Había hojas también, solamente faltaba un columpio. En un cerrar de ojos, nos hemos quedado dormidos, él primero que yo. Mi torso estaba torcido y los rayos del sol penetraban mi espalda baja. Las flores eran nuestra almohada, el pasto, nuestras sábanas. Esa cama era mucho más cómoda que cualquiera de las que he conocido. Columpio. Columpio, me gustan los columpios. Las cosas están destinadas, en verdad. Pero estábamos ahí, dormidos, en ese lugar que ha sido o fue un lugar muy importante en esa estancia. Me vio llorar, me vio saltar, gritar, besar, hacer fotos, caminar, acostarme, dormir, emocionarme, jugar, acariciar, abrazar, me vio amar. Era mi amigo, era un amigo en verdad. Una almohada cuando necesitaba descansar. Siempre veía tus ojos, veía algo en tus ojos, era algo, lo sé. Me decían cosas, me daban ánimos. Me hacías querer ser mejor, me salvabas. Cómo hay gente que ha escrito tanto, ¿de verdad sentían todo lo que escribían, así como lo siento yo ahora? No sé que es lo que pasa ahora. Pero sé que en verdad estábamos ahí los dos, esa mañana, con un café en las manos y muchas preguntas en la boca, tan de verdad como nunca lo había estado con nadie nunca.